Este efecto ocurre porque la gratificación inmediata y constante que ofrecen las pantallas compite encarnizadamente con las recompensas naturales de la vida real, debilitando progresivamente la capacidad de disfrute fuera del entorno digital; sin embargo, pareciera que el problema radica en el uso de la tecnología, pero no es así. El verdadero problema se localiza en los patrones de uso que, en muchos casos, dejan de ser intensivos para volverse problemáticos e, incluso, compulsivos.
Algunos indicios que marcan esta tendencia se reflejan en el tiempo excesivo del uso del celular. Estudios recientes indican que dedicar más de cuatro horas diarias a estos dispositivos se asocia con un incremento de problemas psicoemocionales. En el caso de la población adolescente, diversas investigaciones indican que el promedio de uso puede alcanzar hasta seis horas al día y sólo en redes sociales. Las cifras resultan alarmantes: entre el 14.5 y el 18.7% de los adolescentes presentan patrones de uso adictivo, caracterizados por pérdida de control, ansiedad al separarse del dispositivo y persistencia en su utilización pese a las consecuencias negativas.
La conexión entre el uso del smartphone y la disminución de la capacidad de experimentar placer opera a través de diversos mecanismos, particularmente la sobrecarga de estímulos y la comparación social que gravita en las redes sociales. Estas plataformas exponen a las personas a un flujo constante de estímulos y a la comparación con vidas idealizadas, generalmente asociadas a figuras públicas o influencers. Este fenómeno se vincula estrechamente con el aumento de la ansiedad y, en algunos casos, con la percepción profunda de que la propia vida resulta menos satisfactoria.
Además, se presentan fenómenos como el “miedo a perderse algo”, que mantiene a los usuarios en un estado permanente de alerta y con una necesidad de conexión, situación que resulta emocionalmente agotadora.
Asimismo, se observa una alteración en los sistemas de recompensa y motivación. Basta con dar un vistazo al celular para constatar que muchas aplicaciones están diseñadas para ofrecer recompensas variables. De acuerdo con diversos estudios sobre la conducta humana, este mecanismo sobreestimula los circuitos cerebrales, lo que puede modificar las expectativas de gratificación y afectar la motivación en actividades cotidianas.
Con el tiempo, se puede reconocer que las actividades de la vida real que exigen mayor esfuerzo y ofrecen recompensas con un marco de tiempo más largo (como el estudio, el desarrollo de un pasatiempo o las interacciones personales) tienden a percibirse como menos atractivas. Esta dinámica puede derivar en desinterés, distanciamiento social y aislamiento.
Por otro lado, el uso excesivo de pantallas también conlleva consecuencias físicas que inciden directamente en el estado de ánimo, como las alteraciones del sueño. La exposición a la luz azul, el uso nocturno del teléfono inteligente y la sobreestimulación mental dificultan conciliar el sueño y reducen su calidad. Es bien sabido que un descanso deficiente constituye un factor de riesgo para el desarrollo de problemas de salud mental. Aunado a esto, la adopción prolongada de posturas inadecuadas durante el uso del teléfono puede provocar dolor cervical, de hombros y muñecas, generando un malestar físico persistente que afecta el bienestar general.
Ante esta realidad, existen diversas estrategias individuales y familiares que pueden paliar los efectos y que, desde la experiencia, han demostrado ser de gran utilidad para enfrentar este problema:
Un ejercicio de conciencia y realidad consiste en revisar el tiempo de uso registrado en la configuración del smartphone. Con frecuencia, los usuarios se sorprenden al conocer el tiempo real que destinan a estos dispositivos. No se trata de prohibir ni eliminar su uso, sino de rediseñar los hábitos digitales de manera consciente.
Es un hecho que existe una relación estrecha entre el uso del celular y la anhedonia; se trata de un fenómeno real que impacta actualmente a la sociedad; no obstante, lo relevante es que este efecto es reversible. La recuperación se sustenta en retomar el control sobre el uso de la tecnología y en restablecer un equilibrio que permita que las interacciones y experiencias del mundo físico recuperen su valor como fuentes de bienestar.
La invitación es clara: impulsar un cambio de hábitos que, sin duda, repercutirá positivamente en el bienestar personal y social.
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