Lo sorprendente del relato no es que Forster haya anticipado ciertas tecnologías, pues eso sería reducirlo a una curiosidad profética. Lo verdaderamente inquietante es la paradoja que planteó hace más de un siglo: tener acceso ilimitado a información no necesariamente produce más conocimiento.
Durante siglos, buena parte del progreso estuvo asociado precisamente a resolver el problema contrario; la información era escasa y difícil de transmitir. La imprenta permitió reproducirla; las telecomunicaciones aceleraron su circulación; Internet democratizó su acceso y los motores de búsqueda hicieron posible encontrarla. La IA generativa añade ahora algo distinto, pues permite producirla a una escala que, hasta hace muy poco, habría resultado inimaginable. Nuestra capacidad para procesarla, sin embargo, sigue siendo obstinadamente humana.
En las siguientes líneas analizaremos cómo la IA está provocando una expansión sin precedentes en la oferta de información; por qué esa abundancia puede reducir paradójicamente su valor económico; y cómo la atención, el criterio y la capacidad de síntesis podrían convertirse en los verdaderos recursos escasos de la economía del conocimiento.
Hasta hace relativamente poco, producir conocimiento tenía costos importantes. Un reporte requería investigación; un artículo, horas de trabajo; un análisis financiero, especialistas; una imagen, diseñadores o fotógrafos. Esos costos imponían, para bien o para mal, un filtro natural: no todo merecía ser producido.
La IA está eliminando buena parte de esa restricción. Hoy en día, podemos generar en segundos informes, presentaciones, análisis, imágenes, videos, código o textos especializados. Desde una perspectiva económica, se trata de un extraordinario incremento de productividad; no obstante, introduce una anomalía interesante: la oferta de información puede crecer exponencialmente mientras nuestra capacidad para consumirla permanece limitada por un recurso que la tecnología no ha conseguido multiplicar, es decir, el tiempo.
Pensemos en algo bastante cotidiano. Hace algunos años, un director podía recibir un reporte mensual de 10 páginas y dedicar una hora a discutirlo. Hoy puede pedir a una herramienta de IA cinco escenarios alternativos, tres análisis de sensibilidad y un resumen ejecutivo antes de comenzar su primera reunión. El problema ya no es obtener el análisis, sino decidir cuál de todos merece 20 minutos de su mañana.
Ahí aparece lo que podríamos llamar inflación cognitiva, pues la analogía económica no pretende ser literal, sino que describe un fenómeno sencillo: cuando la oferta de información crece mucho más rápido que nuestra capacidad para procesarla, una unidad adicional de contenido aporta cada vez menos valor y, al mismo tiempo, aumenta el esfuerzo necesario para encontrar aquello que realmente importa.
Un informe más, otra opinión, un nuevo resumen, otro video o una explicación adicional, todos compiten dentro de un mercado peculiar, donde la producción puede ser prácticamente infinita, pero la atención disponible sigue teniendo 24 horas al día. Nunca habíamos dispuesto de tanta información y, tal vez, nunca había sido tan difícil decidir a cuál prestar atención.
Esta transformación desplaza silenciosamente el problema económico. Durante décadas, las organizaciones invirtieron recursos en obtener información, como investigaciones de mercado, consultores, bases de datos, reportes especializados y equipos completos de análisis. La IA reduce radicalmente muchos de esos costos, pero no necesariamente reduce el costo de tomar una buena decisión. Incluso, en algunos casos puede complicarla.
Si un directivo puede solicitar 20 escenarios estratégicos en lugar de tres, alguien tendrá que determinar cuáles son razonables. Si un analista genera cien páginas en minutos, probablemente el verdadero trabajo comience después: encontrar las cinco conclusiones que modifican una decisión y descartar las otras 95. La abundancia desplaza parte del valor económico hacia la selección y la curaduría; por ende, saber más deja de ser suficiente; lo que importa es saber qué ignorar.
Herbert Simon advirtió hace décadas que una abundancia de información produce inevitablemente una pobreza de atención. La IA lleva esa intuición a una escala difícil de anticipar en su tiempo.
Durante la primera era de Internet, las grandes plataformas aprendieron a competir por nuestra atención. Redes sociales, buscadores y servicios digitales construyeron modelos de negocio alrededor de capturar minutos de nuestro día. La IA añade una segunda capa, ya que ahora el contenido que compite por esos minutos puede generarse sin descanso, personalizarse y multiplicarse casi sin costo.
El resultado de lo anterior puede parecer paradójico. Producir información será cada vez más barato; conseguir que alguien la lea con atención, la comprenda y la recuerde puede resultar cada vez más caro. Para las empresas esto no es un asunto menor, pues una organización puede invertir millones en sistemas capaces de generar conocimiento y descubrir después que su verdadero cuello de botella sigue sentado frente a una pantalla tratando de decidir qué merece ser leído.
Existe además una distinción que la abundancia digital tiende a borrar: información no es conocimiento. Podemos acumular información casi indefinidamente, pero convertirla en conocimiento requiere seleccionar, relacionar, interpretar, dudar y contextualizar; incluso, en ocasiones se requiere tiempo para no hacer nada con ella de inmediato. Es un proceso menos eficiente que generar un resumen automático, pero justo ahí reside buena parte de su valor.
Si la IA nos ofrece respuestas instantáneas a prácticamente cualquier pregunta, corremos el riesgo de confundir disponibilidad con comprensión. Encontrar una respuesta no equivale a entenderla; resumir un argumento tampoco significa haberlo incorporado. Ese quizá sea el riesgo más interesante de la inflación cognitiva, que nuestra productividad intelectual aparente aumente mucho más rápido que nuestra comprensión efectiva.
Las consecuencias empresariales son importantes. Muchas organizaciones ya estaban saturadas de dashboards, correos, documentos, reuniones y métricas antes de la llegada de la IA. Añadir una fuente prácticamente ilimitada de análisis no resolverá por sí solo ese problema.
Curiosamente, la ventaja competitiva podría pertenecer a las organizaciones que aprendan a producir menos ruido, es decir, mejores filtros, estructuras de decisión más claras y personas capaces de sintetizar la complejidad sin eliminar sus matices.
También cambia el papel del experto. Si una máquina puede recuperar información y producir una respuesta razonable en segundos, su valor estará cada vez menos en recordar datos. Formular la pregunta adecuada, reconocer una respuesta mediocre, conectar elementos aparentemente distantes y saber cuándo falta información seguirán siendo capacidades difíciles de convertir en una simple instrucción. En una economía de información abundante, el criterio se convierte en capital.
En The Machine Stops, los habitantes podían acceder desde sus habitaciones a prácticamente todo el conocimiento disponible. La máquina respondía preguntas, transmitía ideas y había eliminado buena parte de la necesidad de experimentar directamente la realidad. Con el tiempo, aquella sociedad terminó confundiendo acceso con conocimiento y comodidad con comprensión. Más de un siglo después, disponemos de algo que Forster apenas podía imaginar: máquinas que no solo almacenan y distribuyen información, sino que pueden producirla indefinidamente.
Tal vez por eso el desafío de las próximas décadas no sea conseguir más datos, pues eso tendremos de sobra, sino que el reto será conservar la capacidad de detenernos, discriminar, dudar y reconocer aquello que verdaderamente merece convertirse en conocimiento. Porque cuando producir información cuesta casi nada, acumularla deja de ser una ventaja y la verdadera escasez vuelve a estar en saber qué merece nuestra atención.
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