Todo comienza en la Italia renacentista (en 1494) cuando Luca Pacioli publica la Summa de Arithmetica, donde documenta el famoso sistema de partida doble. Aunque no inventó el método, sí lo popularizó y lo dejó plasmado para la posteridad. En aquellos tiempos, la contabilidad era sencilla, pues sólo se reconocía lo que entraba y salía de la caja, y la base era el costo de adquisición.
Durante los siguientes siglos, la contabilidad fue evolucionando de forma lenta. Ya en el siglo XIX, ante el auge de la Revolución Industrial y la creciente complejidad de los negocios, surge el concepto “base de devengo”. Aunque no hay un año exacto, se estima que fue en la década de 1850 cuando este método comenzó a emplearse: los ingresos y gastos se registran cuando se generan, no cuando se paga o se recibe dinero. Este cambio permitió a las empresas reflejar mejor su situación financiera y anticipar resultados.
En 1854, la profesión contable comienza a organizarse formalmente en Escocia con la creación de la Society of Accountants en Edimburgo. Este fue el primer paso hacia la profesionalización y regulación de la contaduría.
En 1887 se funda el American Institute of Certified Public Accountants (AICPA) en Estados Unidos de América (USA, por sus siglas en inglés), marcando el inicio de la regulación profesional, la ética y las primeras normas de auditoría. El AICPA se convirtió en un actor clave, colaborando con organismos como el Financial Accounting Standards Board (FASB) y defendiendo los intereses de los contadores públicos.
La Gran Depresión de 1929 fue un punto de inflexión. El desplome de la bolsa de Nueva York puso a prueba las normas contables de la época, especialmente el método de costo histórico, el cual resultó insuficiente para valorar derivados y activos financieros complejos. Los inversionistas exigieron mayor transparencia y el gobierno estadounidense respondió en 1934 creando la Securities and Exchange Commission (SEC), encargada de proteger a los inversionistas y mantener mercados justos; esto llevó a la creación de los Principios de Contabilidad Generalmente Aceptados (US GAAP).
En 1938 surge el Comité de Procedimiento de Contabilidad (CAP), que emitió los primeros boletines contables; sin embargo, la creciente complejidad de las transacciones financieras superó la capacidad del organismo, lo que llevó a la formación de la Junta de Principios Contables (APB) en 1959; no obstante, esta organización también fue criticada por su lentitud y falta de independencia, lo que impulsó la creación del FASB en los años 70.
En 1973 nace en Londres el International Accounting Standards Committee (IASC) con el objetivo de armonizar la diversidad internacional de las prácticas contables. Entre 1973 y 2001, este comité desarrolló las primeras Normas Internacionales de Contabilidad (NIC) que, gradualmente, adquirieron aceptación global.
En los años 80, los derivados financieros empezaron a usarse de forma masiva para cubrir los riesgos de interés y el tipo de cambio. Las instituciones de crédito los emplearon como nueva fuente de negocios y el uso a gran escala de estos instrumentos, junto con la creciente importancia de los mercados de capital, provocó cambios en las prácticas contables.
A finales de los años 80 y principios de los 90, la crisis de ahorro y préstamo en USA y el auge de los Non Bank Banks (NBB) evidenciaron los riesgos de una regulación laxa y la contabilidad al costo. Estas instituciones, al captar recursos a tasas de mercado y prestar a largo plazo a tasas fijas bajas, se vieron afectadas por el entorno inflacionario y el aumento de tasas por parte de la Reserva Federal, lo que impactó sus márgenes y llevó a pérdidas masivas. La falta de reconocimiento de plusvalías y pérdidas en los estados financieros retrasó la comprensión de la crisis.
En la década de 1990, la crisis de los derivados puso en jaque a instituciones como Barings Bank, Orange County y Sumitomo. El uso especulativo y la falta de controles internos permitieron ocultar pérdidas millonarias, lo que llevó a una revisión global de los controles y la necesidad de mayor transparencia.
En 1991, la Government Accounting Office (GAO) recomendó adoptar la contabilidad a valor razonable (mark-to-market) para los informes financieros y regulatorios. En 1993, el FASB emitió el FAS 115, clasificando las inversiones en valores con base en la intención y estableciendo la medición a valor razonable para dos de las tres categorías establecidas.
A nivel internacional, en 1996 la IAS 32 exigió revelar operaciones con derivados y en 2001 la IAS 39 estableció el reconocimiento obligatorio de derivados a valor razonable. Ese mismo año, el IASC se reestructura y surge el International Accounting Standards Board (IASB), actual emisor de las Normas Internacionales de Información Financiera (IFRS, por sus siglas en inglés), que hoy se aplican en más de 160 países.
Entre 2008 y 2009, la crisis de las hipotecas subprime evidenció los desafíos de la contabilidad a valor razonable en mercados ilíquidos. La depreciación de activos obligó a reconocer pérdidas masivas, tema que agravó la crisis. Este contexto llevó al desarrollo de la IFRS 9, que simplificó la clasificación y medición de instrumentos financieros, y adoptó un enfoque prospectivo para el deterioro.
A raíz de los eventos anteriores, el valor razonable evolucionó al incorporar una jerarquía de tres niveles, donde la mayor confianza depende de si en su determinación se utilizan insumos observables de mercado. El nivel uno de máxima confianza es cuando se obtienen precios de un mercado activo.
La evolución de las normas sobre instrumentos financieros ha sido, en gran medida, una respuesta a las crisis y a la creciente complejidad de los mercados. Tanto las IFRS como los US GAAP han transitado hacia marcos más flexibles y basados en principios, ampliando el uso del valor razonable y mejorando la utilidad de la información financiera para la toma de decisiones.
Aunque la convergencia total aún no se ha logrado, el avance es indiscutible y sigue siendo un tema apasionante para quienes viven el mundo contable día a día.
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