Esta pregunta, formulada en el siglo XIX, resulta sorprendentemente pertinente para comprender los dilemas actuales en torno a los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG). La novela de Shelley no habla realmente de un monstruo, sino de la irresponsabilidad moral, intelectual y social de su creador, y es precisamente ahí donde su vigencia se vuelve inquietante.
No muchas personas saben que Mary Shelley escribió tres versiones distintas de la obra, de las cuales dos cobraron especial relevancia, la de 1818 y la de 1831. En la primera, Víctor Frankenstein aparece impulsado por una ambición desmedida: el deseo de cruzar los umbrales últimos de la ciencia y conquistar el secreto de la vida misma. En cambio, en la versión de 1831 se introduce un tono más fatalista; el personaje parece estar parcialmente determinado por fuerzas que lo exceden, es decir, por un destino que lo empuja a actuar.
Más allá de estas diferencias, ambas versiones comparten un elemento central: la tragedia no surge del acto de creación, sino del abandono posterior de la responsabilidad. No es el experimento lo que destruye a Víctor, sino su incapacidad para hacerse cargo de las consecuencias de su propio acto. Una vez que la criatura cobra vida, Frankenstein huye, se desentiende y pretende (de manera casi infantil) que deje de existir aquello que no quiere ver. El resultado es devastador: la destrucción progresiva de todo su mundo.
Esta lógica resulta profundamente familiar. En el ámbito empresarial y económico contemporáneo, durante décadas se ha privilegiado la innovación, el crecimiento y la maximización del beneficio sin una reflexión equivalente sobre los impactos sociales, ambientales y humanos de esas decisiones. Como Víctor, muchos actores crearon productos, tecnologías, modelos de negocio y cadenas de suministro sin preguntarse qué ocurriría después.
La criatura, en la novela, no nace monstruo; se vuelve así por el rechazo, la exclusión y la falta de reconocimiento. Del mismo modo, muchas de las crisis que hoy enfrentamos (climáticas, sociales y reputacionales) no son fenómenos espontáneos ni inevitables, sino consecuencias acumuladas de decisiones tomadas sin asumir responsabilidad plena.
Shelley es clara: Frankenstein no es la historia del monstruo, es la historia de Víctor; la criatura es sólo el síntoma.
Desde una lectura contemporánea, esta obra ofrece una poderosa metáfora de los tres pilares ASG:
A cada paso, Víctor se hunde más en “el fango” que él mismo creó. Cuando finalmente es absuelto del homicidio de su amigo, un testigo pronuncia una frase demoledora: “Tal vez sea inocente del crimen, pero trae la culpabilidad en la mirada”. La responsabilidad moral no siempre coincide con la legal.
Esta distinción es crucial para el mundo corporativo actual, ya que cumplir la ley ya no es suficiente. La sociedad exige algo más: responsabilidad activa, conciencia del impacto y voluntad de corregir el rumbo.
Aquí es donde los criterios ASG dejan de ser un ejercicio retórico y se convierten en una exigencia ética y estratégica. A diferencia de Víctor Frankenstein, hoy las empresas sí tienen la oportunidad de hacerse cargo de sus creaciones.
Cada producto lanzado, proceso productivo y decisión financiera genera consecuencias. Asumir la agenda ASG no implica renunciar al crecimiento, sino comprender que, sin responsabilidad, este termina siendo autodestructivo. Las empresas que hoy incorporan criterios ASG de manera genuina están reconociendo algo fundamental: no basta con crear valor económico; es necesario sostenerlo en el tiempo.
El compromiso empresarial con los criterios de sostenibilidad es, en esencia, un acto de madurez; significa reconocer límites, dialogar con el entorno, anticipar riesgos y, sobre todo, asumir que el éxito no puede construirse sobre la negación de sus efectos colaterales. A diferencia de Víctor, estas empresas no abandonan a su “criatura”; la acompañan, la corrigen, la regulan y se hacen responsables de su impacto.
La obra Frankenstein no habla de la historia del monstruo, sino de la irresponsabilidad moral, intelectual y social de su creador.
La conclusión es contundente y profundamente humana. Desde la Epopeya de Gilgamesh, pasando por el Génesis del pueblo judío, hasta Frankenstein, la advertencia es la misma: jugar a “ser dioses” sin asumir las consecuencias conduce a la destrucción. El problema no es la ambición en sí, sino la irresponsabilidad que la acompaña cuando se desliga de la ética.
Da igual qué nos trajo hasta aquí, si fue la creencia ingenua de que los recursos naturales eran infinitos o la necesidad legítima de la humanidad por generar bienestar; lo relevante no es el origen, sino la respuesta. Hoy estamos frente a una oportunidad histórica: demostrar resiliencia, capacidad de adaptación y responsabilidad colectiva.
Identificar megatendencias sociales, ambientales, tecnológicas y económicas ya no es opcional. Empresas, gobiernos y consumidores compartimos una responsabilidad común; pero las primeras, por su capacidad de escala e influencia, tienen un papel decisivo, ya que pueden seguir el camino de Víctor Frankenstein o pueden convertirse en actores conscientes del impacto de sus decisiones.
Quizá, como en Toro salvaje, película de Martin Scorsese, aún no nos hemos redimido del todo de nuestros pecados, pero al igual que el protagonista, somos plenamente conscientes de ellos; y esa conciencia (si se traduce en acción) puede marcar la diferencia.
Tal vez ya estamos en condiciones de repetir las palabras que Winston Churchill pronunció en 1942 tras una victoria crucial: “Esto no es el final; ni siquiera es el principio del final; pero quizá sea el final del principio”.
En materia ASG, ese final del principio implica asumir, de una vez por todas, la responsabilidad sobre lo que hemos creado y, a diferencia de Víctor Frankenstein, no abandonar nuestra obra, sino hacernos cargo de ella.
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