na premisa aparentemente válida es decir que los seres humanos actúan de forma congruente, pues pensar, decir y hacer (la triada de la congruencia) son acciones llevadas a cabo por un mismo individuo; sin embargo, hablamos de seres sociales por naturaleza; por lo tanto, las personas se ven influenciadas por núcleos diversos (familia, trabajo, amistades, entre otros). Se trata de seres dinámicos al igual que la sociedad.
¿Qué tan difícil puede ser actuar con congruencia de manera permanente?, ¿es tan fácil como elegir entre dos opciones?, ¿se hace por gusto innato, costumbre o aprendizaje?
Lo anterior pareciera fácil de responder, sin embargo, ante la innata característica social, los comportamientos se ven (inevitablemente) influenciados por algún individuo o grupo (un condicionamiento inherente a los seres humanos). Al crecer y evolucionar, debido a todas las influencias que rodean al individuo, los procesos mentales (que inclinan o alejan de la congruencia) podrían verse limitados o parecer distorsionados casi de forma imperceptible.
Resulta inevitable que nuestras acciones creen algún tipo de impacto en otros individuos, por lo tanto, existe la necesidad continua de aislar el proceso mental de actuar congruentemente; es decir, ejercer como mentor de manera imparcial debe direccionar a un proceso de análisis del caso en particular de inicio a fin; pues las palabras (antes que los hechos) pueden impactar de una manera inmensa a una o varias personas.
En la cotidianeidad se causa influencia en el actuar de otros profesionales; sin embargo, a menos que sea requerido, hay que evitar convertirse en juez; por el contrario, se debe apostar por ser un predicador del ejemplo sin imposiciones de por medio.
Por lo anterior, la tolerancia es una variable que (al construir la ecuación de actuar con congruencia) es muy importante tener presente, pues todos los individuos están rodeados de distintas problemáticas, prioridades y necesidades que deben ser atendidas (siempre en el marco ético y en estado de virtud constante).
Si lo mencionado se llevara a cabo, la historia tal vez no sería de guerras, conquistas y enfrentamientos, sino se hablaría de una actuación con integridad como individuos, acentuando cualidades como la transparencia, honestidad y cuidado de la comunidad. Acercarse a virtudes como la justicia y la prudencia, así como sembrar fe, esperanza y caridad es lo mejor que se puede hacer ante las limitaciones para desempeñar, lo mejor posible, la triada de la congruencia.
Pareciera que ser auténtico va de la mano con ser congruente y que esto es acompañado por un estado de virtud rigurosamente requerido; las preguntas que las personas deben hacerse a sí mismas son: ¿lo que pienso, digo y hago va dirigido al mismo camino?, ¿mi actuar me aleja de alguna virtud?, ¿impacto negativamente a alguien o algo?
La respuesta debe ser consciente, revisada y siempre dirigida al mismo camino; no hay que alejarse de alguna virtud ni afectar a terceros. Es aquí donde hay que apoyarse de la ética para buscar el mejor comportamiento factible.
La triada de la congruencia se debe vivir día a día con integridad, pese a situaciones que puedan empañar la óptica al momento de actuar; debe ser desempeñada por todos los profesionales que ofrecen servicios, pues a los usuarios de la información los lleva a formarse una opinión, e incluso, a tomar alguna decisión. Se debe evitar la influencia en decisiones que pudieran ser erróneas y con consecuencias desfavorables para determinada sociedad, compañía, inversionista, gestor financiero o individuo.
No basta sólo decir las cosas, pues todo es un conjunto; por lo que actuar con base en lineamientos normativos proporciona una gran guía de como cumplir con esta triada que resulta difícil de seguir día a día. Por lo anterior, actualmente es obligatorio capacitarse en temas de independencia y ética; dicho conocimiento debe absorberse de manera profunda y no con el simpe objetivo de obtener grados académicos o como simple requisito.
Se tiene que aprovechar el tiempo de estudio de la ética para formar un adecuado juicio profesional; tomarlo como un momento de reflexión, de corrección de errores, aprendizaje profundo, autorreflexión y autocrítica; porque todos se pueden equivocar, pero al mismo tiempo, tienen la capacidad de evolucionar en diferentes aspectos; no es una situación de imposición social, sino de decisión propia de manera cotidiana.
Pensar y hacer son acciones que el contador debe llevar a cabo con congruencia y diligencia, limitándose a sus capacidades como persona y profesional (con la adecuada preparación, actualización, sentido común, independencia y criterio profesional). Es así como el profesional de la contaduría debe construir y fortalecer la congruencia cada día; siempre hay que tener en cuenta que se es predicador y ejemplo, pues así es como se aprende y se enseña continuamente; logrando ser dignos líderes y no sólo jefes.
La congruencia es una exigencia personal que debe ser buscada como un estándar de comportamiento constante. El pasado social y propio (con errores y aciertos) es un regalo para mejorar y dirigirse por el camino óptimo y que, mediante la congruencia y los valores, se convierten en útiles herramientas para actuar correctamente; pues la sociedad en la que se convive es la que construyen todos en conjunto y no en lo individual.
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