No obstante, la ética que realmente transforma la vida no tiene su origen ni vive y opera a través de la aplicación de un manual, sino que vive, crece y se desarrolla en la persona. Es aquí donde debemos hablar de las virtudes humanas, es decir, los distintos hábitos buenos que nos hacen ser mejores personas y, por lo tanto, actuar mejor.
Para ejemplificar esta interacción entre las virtudes humanas y la ética, pensemos que esta es un mapa con una ruta crítica a seguir; por su parte, las primeras son las piernas que permiten recorrer ese camino; por lo tanto, sin virtudes humanas, la ética se queda en teoría; y sin ética, las virtudes carecen de dirección.
Aristóteles lo dijo hace 2,400 años y sigue vigente: “No estudiamos ética para saber qué es la virtud, sino para ser virtuosos”. Surge la pregunta: ¿qué son las virtudes humanas y por qué son el puente hacia la ética? Virtud proviene de virtus, que significa fuerza; entonces, se trata de una fuerza interior, es decir, un hábito operativo bueno que se adquiere mediante la repetición. Por ejemplo, no naces valiente; te haces valiente actuando con valor una y otra vez, hasta que deja de costarte.
Las virtudes humanas se dividen en cuatro; son conocidas como cardinales y constituyen la base y articulación de todas las demás.
El vínculo es que la ética propone fines “buenos”, como verdad, justicia, vida y familia; y las virtudes son aquellas disposiciones estables que te permiten alcanzarlos. Por ejemplo, una persona sin templanza puede saber perfectamente que emborracharse a diario es malo, pero no puede evitarlo; tiene claro el “mapa ético”, pero no cuenta con esas “piernas virtuosas”.
Una aplicación mínima de la ética te lleva solo a “no ser malo”; en cambio, las virtudes te llevan a ser bueno. En la vida cotidiana hay miles de decisiones que no están vinculadas a un artículo legal o a una disposición normativa: cómo te diriges al personal que te atiende en un restaurante, cómo repartes una herencia, cómo utilizas tu tiempo libre, etc. Es precisamente en esos espacios donde mandan las virtudes humanas.
Por lo anterior, las virtudes humanas nos educan en el deseo, orientándonos a querer el bien y facilitando que este sea alcanzable. Kant afirmaba que el acto moral es aquel que se realiza “por deber”, incluso cuando no se desea; sin embargo, Aristóteles va más allá: el verdaderamente virtuoso es quien hace el bien y, además, disfruta hacerlo. Cuando se posee la virtud de la generosidad, dar no duele, sino que produce alegría. De este modo, la ética deja de ser una carga y se convierte en plenitud.
La ética sin virtud humana es letra muerta; la virtud sin ética es ciega. La ética te da el norte y las virtudes humanas te dan el barco, así como las manos para remar. Una sociedad puede tener constituciones perfectas, pero si sus ciudadanos no son prudentes, justos, fuertes y templados, esas leyes resultan insuficientes. A la inversa, un hombre con gran fuerza de voluntad, pero sin brújula ética, puede ser un empresario muy trabajador que, sin embargo, destruye a su familia.
En definitiva, la ética sin virtud humana solamente predica, y la virtud humana sin ética solo deambula. Juntas, en cambio, humanizan.
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