Este artículo analiza estas dimensiones, ofrece ejemplos nacionales e internacionales y actualiza las normativas con base en las Normas Globales de Auditoría Interna (NGAI) 2024. Además, proporciona recomendaciones para fortalecer la legitimidad de la práctica en un entorno híbrido.
Los desafíos no son meramente logísticos o tecnológicos, pues cuestionan la esencia misma de la práctica de auditoría. La validez de la evidencia, la construcción de confianza, la ciberseguridad y la disuasión del fraude son ejes que se ven alterados en un esquema remoto.
La auditoría remota también ofrece oportunidades significativas que, si se aprovechan estratégicamente, pueden transformar la práctica:
Por ende, el auditor híbrido debe combinar competencias técnicas y estratégicas, dominando la analítica de datos, ciberseguridad y liderazgo digital. Además, necesita pensamiento crítico, manejo de tecnologías emergentes como el Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés), drones e integración de auditoría continua con alertas en tiempo real, siendo estas habilidades esenciales para mantener la legitimidad de la función.
Ignorar el esquema remoto podría causar rezago frente a prácticas internacionales, dificultad para atraer talento joven digitalizado y la pérdida de confianza de inversionistas y reguladores. La profesión debe avanzar en el fortalecimiento de competencias digitales, adoptar metodologías híbridas claras, así como reforzar el rol estratégico de la función de auditoría como socia de la alta dirección ante riesgos emergentes.
Por su parte, la auditoría remota también exige una calidad elevada. El QAIP debe incluir métricas para encargos a distancia, como supervisión virtual en tiempo real, revisión documental digital, validaciones cruzadas de evidencia y confirmaciones electrónicas. Asimismo, es necesaria la formación continua en dilemas éticos relacionados con la evidencia digital; la auditoría debe anticipar riesgos y establecer sólidas salvaguardas.
El marco normativo es la base de la legitimidad. Las NGAI 2024 (vigentes desde enero de 2025) establecen en su dominio III que el auditor debe obtener evidencia suficiente y adecuada, así como asegurar su trazabilidad. El dominio I refuerza la necesidad de que la auditoría interna mantenga independencia y objetividad, mientras que el dominio V enfatiza la importancia de que la función promueva la confianza organizacional y se adapte a contextos cambiantes.
Asimismo, la ISO 19011:2018 ofrece directrices específicas para auditorías remotas en sistemas de gestión, subrayando la relevancia de la planificación y la comunicación; por otro lado, la Ley Sarbanes-Oxley (SOX), en su sección 404, exige evidencia robusta sobre controles internos de información financiera. El desafío para México es integrar estos marcos en metodologías claras y prácticas que aseguren la confiabilidad del esquema remoto.
La auditoría remota se ha convertido en un elemento esencial para el futuro de la profesión; aunque presenta retos como la gestión de evidencia digital y ciberseguridad, también ofrece beneficios estratégicos. En México, este esquema brinda una oportunidad histórica para ampliar la cobertura, proteger al personal en zonas de riesgo y atraer a nuevos profesionales.
Organismos como el Instituto Mexicano de Contadores Públicos (IMCP) y los comités de auditoría tienen la responsabilidad de establecer lineamientos claros que legitimen esta práctica. De no hacerlo, la auditoría interna nacional corre el riesgo de rezagarse frente a la praxis global.
Si actúa con visión, el auditor híbrido puede convertirse en un socio estratégico clave: un profesional capaz de combinar presencia física estratégica con tecnología avanzada para proteger la gobernanza y generar confianza. Como recuerda la máxima latina mutatis mutandis, cambiar las circunstancias obliga a adaptar la práctica sin perder su esencia.
Cuando una firma asume responsabilidades de la administración para un cliente de auditoría, se crean amenazas de autorrevisión, interés personal y familiaridad.
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